MAR DE LAS ALMAS

(Para Eduardo Darnauchans, 1953-2007) Darno besó la copa y la dejó a un lado, pero cerca, como un perro que lo esperara a la sombra. Sacó un papel doblado en medio y lo abrió. Tenía un texto en el que estaba trabajando, pero le faltaba redondear un verso: buscaba el vocablo preciso, "ron del cielo/ tu sonrisa apareada con la luz". Darno llamó a la moza de El Lobizón y le pidió algo con que escribir, desde lejos, con una señal. La birome azul permanecía inmóvil; los ojos acuosos, la creación del mundo, la sospecha de estar perdido, la plusvalía de la poesía, la praxis de la muerte, la soledad del artista aun entre la muchedumbre, los ruidos involuntarios del bar, y el verso parecía un bote encallado que debía, imperiosamente, ser salvado. Darno garabateó algo, un dibujo sin sentido, un gesto. Entonces llegó Macunaíma acompañado de Lou Reed. Macunaíma transpiraba más que un minero; Lou se mantenía imperturbable, no expresaba nada más que hastío. "Darno, mirá a quién me encontré". Se saludaron apenas, Darno los invitó a acompañarlos, Lou dijo algo al oído de Macunaíma. "Darno no podemos quedarnos, Lou ya debe retirarse y no queda mucho tiempo". "Necesito una palabra", dijo el Darno. "Una palabra y quedaréis libres". Macu miró a Lou intentando una explicación. Pero Reed estaba impaciente y hacía un esfuerzo para no abandonar intempestivamente el lugar. Macunaíma sudaba ahora como un boxeador. "Una palabra por Dios". Darno sonreía, Lou ya estaba de espaldas, marchándose, Macunaíma entristecía aun más con la escena, lloraba por los poros, Darno mantenía una sonrisa inocente; la palabra estaba parada en la puerta y era una mujer espléndida, sin maquillaje, sin vestido, que rozó la campera ajada de Lou y se metió en el bar. En el mar de las almas.

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